«¡Cristo Rey nuestro, venga tu Reino!»

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El padre Eduardo Robles-Gil, L.C., envía la siguiente carta a los miembros del Regnum Christi con motivo de la solemnidad litúrgica de Cristo Rey. El padre Eduardo ofrece una reflexión sobre el significado de la petición «¡Cristo Rey nuestro, venga tu Reino!» en la vida de los miembros del Movimiento Regnum Christi.

 

Roma, 20 de noviembre 2017

Con motivo de la solemnidad de Cristo Rey

 

A los miembros del Regnum Christi

Muy estimados en Jesucristo:

Como todos los años, en esta solemnidad de Cristo Rey, los miembros del Regnum Christi, en todos los países y localidades, nos reunimos para agradecer a Dios sus dones; de modo particular el don del Regnum Christi y nuestra vocación dentro de esta obra de Dios.

Este año es especial de algún modo, porque a lo largo del mismo y sobre todo en estos tres últimos meses, nos hemos estado reuniendo para orar y reflexionar sobre lo que Dios quiere del Movimiento. Hemos tenido las asambleas territoriales y hemos manifestado opiniones y preferencias con responsabilidad.

La vida del Regnum Christi, al igual que la vida de la Iglesia, es una realidad divino-humana. Son dos dimensiones que van juntas. Sabemos, por una parte, que el Reino de Cristo no es de este mundo y, por otra parte, nuestra misión como apóstoles es ser instrumentos para que ese Reino esté presente en el mundo. Es Dios quien está en el origen y nos manifiesta su voluntad, pero nosotros debemos escucharla y traducirla en vida.

¿Qué es lo que Jesucristo Rey del universo, Rey de la vida y de la historia, quiere en este momento para todo el Regnum Christi? Sin duda quiere ayudarnos en este proceso, un tanto largo y complicado, para que tengamos un Estatuto renovado de acuerdo con el desarrollo que hemos tenido en los últimos años. Pero sin duda quiere algo más importante y más profundo. ¿Qué quiere para cada uno de nosotros?

Hace algunos días, rezando el breviario, encontré como lectura un texto de san Agustín a Proba. En él hace un bello comentario sobre la oración del padrenuestro. Dice que en la oración del Señor están contenidas todas las oraciones que podemos hacer. Pensé que en nuestra petición que rezamos todos los días: «¡Cristo Rey nuestro, venga tu Reino!», sucede lo mismo. En esta petición: que venga su Reino, de alguna manera está contenido lo que él quiere para cada uno y también todo lo que necesitamos y queremos. Está contenido sintéticamente todo nuestro carisma, espiritualidad y misión.

En el número 13 §1 del Borrador del Estatuto se hace referencia al reinado de Jesucristo:

El testimonio, anuncio y crecimiento del Reino de Cristo constituye el ideal que inspira y dirige al Movimiento. Su lema «¡Cristo Rey nuestro, venga tu Reino!» expresa este anhelo. Por ello, los miembros del Regnum Christi, secundando las inspiraciones del Espíritu Santo:

1.º buscan revestirse de Cristo en su corazón y en sus obras, para que reine en sus vidas por medio de la progresiva configuración con Él; y

2.º se dejan penetrar y mover por el amor de Cristo hacia todas las personas, procurando que Él reine en el corazón de los hombres y de la sociedad.

«¡Cristo Rey nuestro, venga tu Reino!» Lo tenemos que decir hoy con anhelo, agradecimiento, convicción, alegría, compromiso y esperanza. Esta oración común para todos los días es también lo que pedimos ahora que estamos terminando las asambleas territoriales. ¡Que venga su Reino! ¡Que venga su Regnum Christi!

El Regnum Christi como la Iglesia —sancta et sanctificanda— siempre debe estar en un camino de conversión y renovación. En este sentido, Pablo VI decía con fuerza: «La Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio». Más adelante añade: «De esta iluminada y operante conciencia […] brota, por lo tanto, un anhelo generoso y casi impaciente de renovación, es decir, de enmienda de los defectos que denuncia y refleja la conciencia, a modo de examen interior, frente al espejo del modelo que Cristo nos dejó de sí» (Ecclesiam suam, 3). Como institución estamos en este proceso. En las circunstancias actuales Dios nos pide que seamos instrumentos vivos e inteligentes para buscar estructuras y esquemas humanos que son importantes, pero siempre accidentales y pasajeros, con el fin de institucionalizar dentro de la Iglesia lo que es y ha sido el Regnum Christi.

Como don de Dios para nosotros y para la Iglesia el carisma no se agota en las estructuras y definiciones humanas. Va mucho más allá. Desde las primeras incorporaciones en 1968, hace casi 50 años, somos miles quienes hemos encontrado y seguido a Jesucristo de una forma personal en el Regnum Christi, sin mucha preocupación por las estructuras humanas. Es verdad que nos han ayudado los equipos, las secciones, los manuales y otros elementos, pero lo fundamental ha sido la espiritualidad centrada en Cristo.

Cada uno de nosotros, miembros del Regnum Christi de todas las ramas, con todas las experiencias de vida que hemos tenido, también estamos siempre en un proceso, nunca terminado, de transformación en Jesucristo, Señor de la vida y de la historia, Rey de cada uno y Señor del Regnum Christi.

Este camino de conversión, de renovación, nos pide, nos debe mover a una mayor vida de oración y unión con Cristo, «porque separados de mí nada podéis hacer» (Jn 15,5). Es muy edificante y ejemplar comprobar como en estos tiempos, de frente a los retos que tenemos por delante, en algunos territorios y en las diversas ramas del Movimiento, ha aumentado en profundidad e intensidad la vida de oración. Es nuestra sed de Dios que nos lleva a orar juntos, y a pedir a Cristo Rey presente en la Eucaristía, aquella agua viva que nos renueva y transforma eficazmente en Él.

Por ello, cuando celebremos en la propia localidad la solemnidad de Cristo Rey, fiesta titular de nuestro Movimiento, tenemos que pedir con mucho fervor a Dios que nos conceda que el Movimiento sea su Regnum Christi. Pero sólo lo será si cada uno de nosotros acogemos a Jesucristo en nuestro corazón y en nuestras obras y nos configuramos con Él. Tenemos que pedir esto con fuerza, convicción y perseverancia.

¿Qué anhelamos al pedir con fe y esperanza para el presente y el futuro que venga su Reino?

Pedimos que nos dé su gracia que nos hace aspirar a ser suyos y nos compromete realmente a que sea Él quien reine en nuestros corazones y transforme nuestras almas en su morada, quitando las manifestaciones de individualismo y egoísmo. Pedimos que nos limpie de toda salpicadura de mundo y apego a la mundanidad y que nos fortalezca para hacer en verdad frente a los enemigos de nuestra alma.

Cuando pedimos que venga su Reino de amor, queremos que transforme nuestro corazón y nos permita amar como Él ama; sabiendo acoger y amar a nuestros hermanos y hermanas en el Movimiento con sus cualidades y fragilidades, con sus ideas y aspiraciones; sabiendo encontrar a Jesucristo que habita en el corazón de cada uno.

Cuando pedimos que venga su Reino de justicia y de paz, deseamos que nos permita vivir una renovada comunión según lo que Él realmente desea; y queremos que nos ilumine, que no permita que las consideraciones puramente humanas nos afecten en lo que presentemos a la Santa Sede después de la primera Asamblea General del Regnum Christi.

Cuando pedimos que venga su Reino, le decimos que nos conceda ser apóstoles más aguerridos, de alguna manera incansables, porque «la mies es mucha y los obreros pocos» (Mt 9,37).

Esto es lo que por mi parte pido a Dios, Nuestro Señor, para cada uno de los miembros del Movimiento: que, en esta solemnidad de Cristo Rey, nos conceda que venga su Reino a nuestro corazón y nos siga transformando en mejores hijos suyos y audaces apóstoles de su Reino en el mundo al servicio de la Iglesia para la salvación de las almas.

Su hermano en Cristo

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.