Una reflexión en clave matrimonial de la parábola del “Hijo pródigo”

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“Me levantaré”. El hijo menor de la parábola cometió muchos errores; el hijo menor se hizo mucho daño y, seguramente, también hizo mucho daño, pero en un momento dado, dice el texto, se puso a reflexionar y a darse cuenta de sus errores. De esa reflexión brotó una decisión: “me levantaré”.

En el matrimonio también hay que saber levantarse de las rutinas, de los acostumbramientos, de los alejamientos, de las heridas profundas… los esposos siempre se pueden y se deben levantar. Pero para ello hay que darse tiempo para reflexionar y también deben poner, ambos, buena voluntad.

“Enseguida se puso en camino”. En el campo del amor matrimonial, los tiempos siempre son importantes. El Evangelio dice que el hijo pródigo “enseguida” se puso en camino; no se lo pensó dos veces, no titubeó, no se quedó pensando en otras posibles opciones.

El matrimonio y la familia son sagrados. Los esposos tienen el compromiso de ser reflejo del amor de Dios y colaboran con Dios en la creación, al traer a sus hijos a este mundo. No es para tomarlo a la ligera. Es muy serio. Por eso, en el matrimonio no puede haber “estancamientos”, los problemas no pueden quedar en el aire… “enseguida” hay que volver a ponerse en camino.

“Comamos y hagamos fiesta”. A los seres humanos nos gusta comer y también nos gusta “hacer fiesta”. Ambas cosas son parte importante de la vida. El padre del hijo pródigo quiso celebrar el regreso de su hijo “que se había perdido”; el padre del hijo pródigo prefirió mirar hacia delante y no quedarse mirando hacia el pasado.

Las fiestas con caras largas no son buenas fiestas. El matrimonio está llamado a ser una continua fiesta; pero no una fiesta exterior, una fiesta ruidosa, una fiesta superficial… sino la fiesta de la reconciliación, la fiesta del perdón… la fiesta que nace del volver a decirse: “Yo te acepto a ti y prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida”.

“Tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo”. Cuando el hermano mayor se niega a entrar en la fiesta, el padre trata de persuadirlo y le dice estas palabras, que bien podrían ser una definición del amor esponsal. La riqueza del ser humano no está en lo que tiene, sino en a quién tiene.

El libro del Génesis nos dice que Dios, al crear a la mujer, quiso dar al hombre “una ayuda adecuada”. En el matrimonio, hombre y mujer se han de convertir en esa ayuda adecuada, sabiendo que alguien quiere “estar siempre conmigo” y que “todo lo suyo es mío”.

P. Ignacio Buisán, L.C.